El recuerdo siempre ha estado muy claro en mi memoria y nunca lo olvidaré.
Debía ser finales de los cincuenta o principio de los sesenta, invierno frío yeclano, la familia al completo después de cenar se calienta en torno al brasero de la mesa camilla mientras se escucha la radio. Aún somos cinco: mis padres, mi abuela, mi hermano y yo. El quehacer de todos es el de siempre, mi padre lee alguna de sus novelas del oeste, mi madre y abuela en sus faenas del tipo de punto-ganchillo, yo creo hacer deberes escolares y como todos los anteriores no dejo de observar lo que hace mi hermano: DIBUJA. Levanta la cabeza mira el calendario colgado en la pared de enfrente, sobre mi madre, y que contiene la cara de un Cristo y la baja para, sobre su “bloc de dibujo”, hacer de él una réplica perfecta y aclarándonos que era “a lápiz carboncillo”. La facilidad con la que lo hace, lo que disfruta haciéndolo y la satisfacción que le produce nos tiene a todos admirados aunque disimulamos intercambiándonos miradas de complicidad sobre todo entre mis padres. Ya entonces sabíamos que era algo natural en él, había nacido para eso y estábamos seguros de que el DIBUJO formaría parte muy importante en su vida.
Ha pasado mucho tiempo desde aquellas noches y muchas han sido las experiencias y los retos de toda índole vividos pero el dibujante siempre ha estado ahí, yo lo sé, bien como medio de escape y alivio frente a actividades de otro tipo, necesarias pero pasajeras, o como, casi siempre, de profesión …… ¿la pintura?: una consecuencia.
Tu hermano Pascual